Editorial Planeta edito en Febrero 2009 la traducción al castellano
de un clásico sobre el suicidio asistido y la eutanasia: "Seducidos por la Muerte", de Herbert Hendin.
Es la obra en que se basó el Tribunal Supremo de los Estados Unidos para establecer que no existe derecho constitucional
al suicidio asistido.
No es una obra cualquiera sobre la eutanasia. Es el informe serio y científico del Director Médico de la Suicide Prevention
Internacional, y Catedrático de Psiquiatría del New York Medical College, que frenó a la administración Clinton cuando se
disponía a sacar una ley financiada con fondos federales. El autor fue llamado a declarar, resumiendo las conclusiones de
su obra, ante el Congreso de los Estados Unidos. Herbert Hendin se había desplazado antes a Holanda para estudiar la posibilidad
de legalizar la eutanasia; el resultado fue este clarificador informe, recogido en un libro que se lee como novela, y que
tuvo un enorme impacto en la opinión pública norteamericana.
Una cosa es el debate social sobre este tema en los medios de comunicación, que se produce casi siempre en torno
a un caso límite. Y otra cosa es el estudio serio de los resultados reales de la eutanasia en un país, con vistas a implantarla
en el propio. Ahí es donde los gobiernos se vuelven atrás, como acaba de ocurrir en Francia. Ese estudio es lo que recoge
el libro de Hendin, y es de agradecer que se haya hecho de forma muy amena, entremezclando la frialdad de los grandes números
con la cercanía de muchos relatos narrados con gran viveza y humanidad. Resultan también muy ilustrativas las conversaciones
del autor con los principales promotores de la eutanasia en Holanda, que van sazonando toda la obra.
A continuación van algunas breves citas de este libro, que pueden ser ilustrativas. Se adjunta también la intervención
del autor ante el Congreso norteamericano: un texto muy breve que puede parar por sí mismo -y de hecho paró- un proyecto federal,
y frenar el avance de lo que se plantea inicialmente como el de derecho de los pacientes a morir y termina siendo el derecho
de los médicos a matar.
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Pag. 27. “Le explicó que había procedido así porque no estaba muriéndose lo suficientemente rápido y necesitaba ese
espacio para otro paciente.”
Pag. 28. “Más de la mitad de los médicos holandeses se sienten libres de sugerir el suicidio o la eutanasia a sus
enfermos, lo que claramente condiciona la voluntariedad del proceso. El 60 por ciento de los casos no son comunicados, por
lo que la legislación no se puede aplicar. Casi la cuarta parte de los médicos admite haber acabado con la vida de enfermos
que no les habían dado su consentimiento, lo que al menos en teoría es ilegal en Holanda, como lo es en cualquier otra parte.
Algunos ejemplos pueden resultar ilustrativos. Una mujer que no quería seguir cuidando a su marido enfermo le presentó la
alternativa de la eutanasia o que fuese internado en una residencia para enfermos crónicos. El hombre, asustado ante la perspectiva
de verse a merced de extraños, eligió morir. Un médico acabó con la vida de una monja algunos días antes de lo que hubiera
ocurrido naturalmente porque padecía un gran dolor, estimando que las convicciones religiosas de la monja no le permitían
pedir la muerte.”
Pag.108. “En un 30 por ciento de esos casos (en que el paciente no lo pidió) la razón aducida fue a imposibilidad
de tratar el dolor de manera efectiva. En el 70 por ciento restante, las razones aportadas fueron variadas, desde un “le
faltaba calidad de vida” hasta un “se le retiró el tratamiento, pero el paciente no moría.”
Pag. 126. “…había más peticiones de eutanasia formuladas por los familiares que por los mismos pacientes. Éste
sacó la conclusión de que, frecuentemente, son la familia, los médicos y los enfermeros quienes presionan al paciente para
que pida la eutanasia.”
Pag.156. “El país se ha movido desde la la eutanasia para los enfermos terminales a la eutanasia para los enfermos
crónicos; desde la eutanasia para enfermedades físicas a la eutanasia para las enfermedades psicológicas, y desde la eutanasia
voluntaria a la eutanasia no voluntaria y a la involuntaria… Cualquier país occidental que legalice el suicidio médicamente
asistido para los enfermos terminales se verá obligado a extenderlo de este mismo modo.”
Pag. 159. Sobre el exigido informe de cada caso de eutanasia: “Reconocían que un 59 por ciento de casos sin informar
resultaba preocupantemente alto.... Entre el 15 y el 20 por ciento de los doctores afirman que no informarán de sus casos
bajo ninguna circunstancia.”
Pag.186. “La experiencia holandesa ilustra cómo una cultura transforma el suicidio en suicidio asistido y usa la
eutanasia de una forma casi rutinaria para tratar con enfermedades graves o terminales, o incluso con la simple tristeza.”
Pag. 240. “El riesgo de daño es más grande para muchas personas de nuestra sociedad cuya autonomía y bienestar
están ya comprometidos por la pobreza, por la falta de acceso a una buena atención médica, la edad avanzada o su pertenencia
a un grupo social estigmatizado.”
Pag. 273. “Aunque la mayor parte de los pacientes de cáncer no expresan un deseo de morir, una importante minoría
expresa un deseo transitorio de muerte. Los pocos que presentan deseos persistentes de morir sufren invariablemente una depresión
clínica… Una mayor experiencia en el trato con estos pacientes de cáncer, y el cuidado procurado a estos enfermos, nos
ha permitido observar con cuánta frecuencia estos pacientes cambian de opinión tan pronto como se les provee de buenos cuidados
paliativos, incluyendo el tratamiento de la depresión.”
Pag 299. “Parte de la desinformación creada es hacer creer que la oposición a la eutanasia es cosa de la Iglesia
católica o de la derecha religiosa…. Se ignora que la Asociación Médica Estadounidense es probablemente la organización
que de modo más importante se opone a la legalización…”
Resumen para el Subcomité del Congreso de los Estados Unidos de América
Suicidio, Suicidio Asistido y Eutanasia
Lecciones
de la experiencia holandesa
Herbert Hendin
La necesidad de cuidar a los enfermos terminales y de reducir sus padecimientos, ¿requiere que se conceda a los médicos
el derecho de terminar con vidas de pacientes?
Esta pregunta nos lleva a tomar conciencia de que ni la legalización ni la prohibición del suicidio médicamente asistido
o de la eutanasia resuelven el gran problema de cuidar humanamente de nuestros enfermos terminales. Hasta cierto punto, las
peticiones de legalización no son sino un síntoma de nuestro fracaso en desarrollar una respuesta adecuada a los problemas
de los moribundos, al miedo a llegar a padecer un dolor insoportable y a la prolongación de la vida en circunstancias intolerables.
Los no iniciados en el tema suelen suponer que los enfermos graves o terminales que desean poner término a sus vidas son
distintos de los que quieren suicidarse por otras razones. La primera reacción de muchos pacientes al tener conocimiento de
la gravedad de su enfermedad y de su posible muerte es, sin embargo, la de terror, la de deprimirse y desear morir. Esos pacientes
no son muy distintos de los que reaccionan ante otras crisis con el deseo de acabar con esas crisis por el procedimiento de
acabar con sus vidas.
Muchos pacientes y médicos desplazan su ansiedad ante la muerte, centrándose en las circunstancias que la acompañan: el
dolor, la dependencia, la pérdida de dignidad, y los desagradables efectos secundarios de los tratamientos médicos. El hecho
de centrarse en el proceso, o de enfadarse con él, les distrae de su miedo ante la muerte.
Los pacientes suicidas suelen inclinarse también por poner condiciones a su vida. No quiero vivir ya... “sin mi marido,”...
“si pierdo mi belleza, mi poder, mi prestigio, o mi salud,” o “si voy a morir pronto”. Piden
a la vida lo que la vida ya no les puede dar. La expresión más dramática de su necesidad de mantener el control es su empeño
por determinar el tiempo, lugar y circunstancias en que ha de producirse su muerte.
La Depresión, causada a menudo por el conocimiento de la gravedad de su enfermedad, exagera su tendencia a ver los problemas
como blanco o negro. Si el paciente encuentra entonces a un médico que comparte esa visión de la vida como algo que merece
ser vivido sólo bajo ciertas circunstancias, la rigidez del paciente se ve entonces reforzada.
No sólo los pacientes son incapaces de tolerar las situaciones que no pueden controlar. Desde el punto de vista del
médico, Lewis Thomas ha escrito con profundidad sobre el sentimiento de fracaso e indefensión que pueden llegar a experimentar
los médicos al enfrentarse con la muerte. Esos sentimientos explican por qué los doctores encuentran tanta dificultad en discutir
con los pacientes su enfermedad terminal. La mayoría de ellos evitan ese tipo de discusiones, mientras que la mayor parte
de los pacientes prefieren hablar francamente sobre el tema. Esos sentimientos pueden explicar también la tendencia de los
médicos a utilizar medidas excesivas para mantener la vida y su necesidad de hacer de la muerte una decisión del médico. Al
decidir cuándo han de morir los pacientes, al hacer de la muerte una decisión médica, el doctor se hace la ilusión de mantener
el dominio sobre la enfermedad y sobre los sentimientos de indefensión que la acompañan. Es el médico, y no la enfermedad,
el responsable de la muerte. El suicidio asistido y la eutanasia llegan a ser modos de tratar con la frustración ante la incapacidad
de curar la enfermedad.
La petición de suicidio asistido suele hacerse también con mucha ambivalencia, como sucede en los intentos de suicidio.
Si el doctor no es capaz de reconocer esa ambivalencia, así como la ansiedad y depresión que subyacen a la petición de muerte
de un paciente, ese paciente queda atrapado por su propia petición y muere en un estado de terror que nadie advierte.
Hace unos años, un joven profesional de treinta y pocos años que padecía una grave leucemia fue llevado a mi consulta.
Tim, un ambicioso ejecutivo cuya lucha por el éxito profesional le había llevado a descuidar las relaciones con su esposa
y con su familia, se encontraba aturdido y sin ideas. Su reacción inmediata fue la de desesperarse, y una enfadada preocupación
por el suicidio, pidiendo ayuda para llevarlo a cabo. Le preocupaba llegar a ser dependiente y temía tanto los síntomas de
su enfermedad como los efectos secundarios del tratamiento.
Las angustias de Tim sobre las penosas circunstancias que rodeaban su muerte no eran infundadas, pero su temor a la muerte
las amplificaba. Una vez que Tim y yo pudimos hablar sobre la posibilidad o probabilidad de su muerte --lo que la separación
de su familia y la destrucción de su cuerpo iban a suponer para él— su desesperación desapareció. Aceptó el tratamiento
médico y usó los meses que le quedaban de vida para vivir más cerca de su mujer y de sus padres de lo que lo había hecho hasta
entonces. Dos días antes de morir, Tim hablaba de lo que se habría perdido si no hubiese tenido la oportunidad de irse de
este modo amoroso.
Si el suicidio asistido hubiera sido legal, como en la ley de Oregón que está ahora en los tribunales, probablemente Tim
habría pedido ayuda a un médico para acabar con su vida. Como estaba mentalmente lúcido, habría sido considerado apto para
el suicidio asistido, y seguramente habría encontrado a un doctor que habría accedido a su petición.
Acabo de terminar un estudio sobre el suicidio asistido y la eutanasia en Holanda, donde ambos son práctica aceptada. En
las primeras etapas de mi trabajo, me fue mostrada por la Sociedad Holandesa para la Eutanasia Voluntaria una película titulada
“Cita con la Muerte”, que tenía el objetivo de promover la eutanasia. Me acordé entonces de Tim al ver cómo el
fracaso de un médico en tratar el temor a la muerte en un enfermo le llevó a una prematura terminación de su vida.
Un hombre de cuarenta y dos años había dado positivo en un test de SIDA. Aún no había desarrollado los síntomas, pero había
visto sufrir a otros con esos síntomas y pedía ayuda a su médico para morir. El doctor le explicó con comprensión que aún
podía vivir durante algunos años sin esos síntomas.
Pasado un tiempo el paciente repitió su petición de eutanasia, y entonces el doctor accedió a ello. Aquel hombre sufría
una clara depresión y estaba abrumado por su situación. El doctor determinó que el paciente había sido persistente en su petición
y que tenía lucidez para tomas decisiones –los criterios exigidos a los pacientes en Holanda-- pero no fue capaz de
darse cuenta del terror subyacente a aquella petición.
La consulta había sido en ese caso mero formalismo. Un colega del doctor había visto al paciente brevemente para confirmar
que era lo que él deseaba. En muchos casos, el doctor consultado ni siquiera ve al paciente. Con un médico con más psicología,
que hubiese buscado algo más que una justificación para ceder a esa petición de muerte --algo más probable de encontrar en
una cultura que no acepta la eutanasia-- ese hombre no habría necesitado que se procurase su muerte.
Entre los casos que me fueron presentados por médicos de Holanda, y entre los que yo he estudiado en este país, he visto
muchos ejemplos parecidos. Pacientes cuyo temor a morir les lleva a pedir el suicidio asistido o la eutanasia pueden resultar
muy distintos de los que están preocupados por tener que sufrir en los últimos días de su vida.
Siempre que, como en Holanda, o como en la reciente ley de Oregón que está ahora en los tribunales, se legaliza el suicidio
asistido, estos dos grupos de pacientes llegan a una confusión total. En tal situación, éstos, que son básicamente pacientes
suicidas, llegan a ser las víctimas voluntarias de los practicantes de la eutanasia.
En la pasada década, al hacer el suicidio asistido y la eutanasia de fácil acceso, los holandeses redujeron el porcentaje
de suicidios entre la población mayor de cincuenta años. La probabilidad de que los pacientes pudiesen terminar con sus vidas
si la eutanasia no estuviese a su disposición fue una de las justificaciones aportadas por los médicos holandeses para facilitar
esa ayuda.
Por supuesto que los defensores de la eutanasia pueden mantener que al hacer el suicidio “innecesario” para
los mayores de cincuenta años que están físicamente enfermos es un resultado beneficioso de la legalización, más que un síntoma
de abuso. Tal actitud depende, claro está, de si uno cree que hay alternativas al suicidio asistido o a la eutanasia para
tratar los problemas de los enfermos mayores. Entre la población de edad, la enfermedad física de cualquier tipo es normal,
y muchos que tienen problemas para enfrentarse a la enfermedad física se inclinan por el suicidio. En una cultura que acepta
la eutanasia, su malestar puede ser aceptado como razón legítima para la eutanasia. Sería pues más que irónico describir la
eutanasia como el procedimiento holandés de curar el suicidio.
Esto parece aún más verdad desde que los holandeses han aceptado recientemente los padecimientos mentales, aun en ausencia
de enfermedad física, como justificación para el suicidio asistido y la eutanasia.
En la primavera de 1993, un tribunal holandés en Assen determinó que estaba justificado que un psiquiatra ayudase a suicidarse
a una paciente, una trabajadora de cincuenta años físicamente sana, pero sumida en un estado de tristeza por la muerte de
su hijo, y que había acudido al psiquiatra diciendo que quería la muerte y no un tratamiento. Tuve la oportunidad de
conversar durante unas siete horas con ese psiquiatra. Sin entrar en los detalles del caso, que he discutido en otro lugar,
vale la pena consignar aquí que el psiquiatra ayudó a la paciente a suicidarse poco después de dos meses de que ella fuera
a verle, y cuatro meses después de que su hijo muriese de cáncer. La discusión del caso se centró en si el psiquiatra, asesorado
por expertos, hizo bien al estimar que la mujer sufría una pena que podamos comprender pero no podamos tratar. Aunque nadie
debería subestimar la pena de una madre que ha perdido a su hijo tan querido, la vida ofrece muchos modos de sobreponerse
a esa pena, y el tiempo podría haber acabado arreglando por sí mismo ese estado de ánimo.
El Tribunal Supremo de Holanda que dictaminó sobre el caso de Assen en Junio de 1994, se mostraba de acuerdo con los tribunales
inferiores al afirmar que los sufrimientos mentales pueden ser motivos para una eutanasia, pero estimaba que en ausencia de
enfermedad mental, el paciente debería haber sido examinado por un psiquiatra de consulta.
En las dos últimas décadas, Holanda se ha deslizado desde el suicidio asistido hasta la eutanasia, desde la eutanasia para
los enfermos terminales a la eutanasia para los enfermos crónicos, desde la eutanasia para las enfermedades físicas a la eutanasia
por malestar psicológico, y desde la eutanasia voluntaria hasta la eutanasia no voluntaria y la involuntaria.
Una vez que los holandeses aceptaron el suicidio asistido, no era ya posible legal ni moralmente negar más ayuda médica
activa, es decir negar la eutanasia a quienes no podían procurarse por sí mismos la muerte. Ni se podía negar la ayuda para
el suicidio o la eutanasia a los crónicamente enfermos, pues les queda más tiempo para sufrir que a los enfermos terminales,
ni a los que sufren padecimientos de índole psicológica sin estar vinculados a ninguna enfermedad física. Negársela
vendría a ser algo así como una discriminación. Y la eutanasia involuntaria se ha visto justificada por la necesidad de tomar
decisiones por los pacientes que no tienen ya lucidez.
Que es a menudo el doctor y no el paciente quien decide la muerte, es algo que subrayó la documentación sobre “eutanasia
involuntaria” en el informe Remmelink –el estudio encargado por el gobierno holandés. “Eutanasia involuntaria”
es un término que molesta a los holandeses. El holandés define la eutanasia como la terminación de la vida de una persona
a petición suya. Si la vida es terminada sin petición alguna, no consideran que haya habido eutanasia. El informe Remmelink
usa de modo inquietante la expresión “terminación del paciente sin petición explícita” para referirse a la eutanasia
llevada a cabo sin consentimiento de los enfermos lúcidos, parcialmente lúcidos, o sin lucidez.
El informe revela que en aproximadamente 1.000 de las 130.000 muertes anuales en Holanda, los médicos admiten haber
causado activamente o adelantado la muerte sin la petición del paciente. En unos 25.000 casos, se tomaron decisiones médicas
al final de la vida que podrían haber tenido la intención de acabar con la vida del paciente sin su consentimiento. En unos
20.000 de ellos (aproximadamente el ochenta por ciento) los médicos habían aducido la incapacidad de comunicación del paciente
como justificación para no haber contado con su consentimiento.
Esto nos deja con unos 5.000 casos en que los médicos tomaron decisiones que podían haber acabado con las vidas de pacientes
lúcidos, o que llevaban precisamente esa intención, sin haber consultado con ellos. En el 13 por ciento de esos casos, los
médicos que no consultaron con pacientes lúcidos para tomar decisiones que podrían, o intentaban de hecho, acabar con sus
vidas, adujeron como razón para no haberlo hecho que habían hablado previamente alguna vez del tema con el paciente. Parece,
con todo, incomprensible que un médico pueda terminar con la vida de un paciente lúcido sobre la base de una conversación
anterior, sin comprobar siquiera si el paciente sigue pensando aún del mismo modo.
Un número considerable de los defensores de la eutanasia en Holanda admite que la legalización de la eutanasia ha llevado
a los médicos a sentir que pueden ellos tomar decisiones de vida o muerte sin consultar con los pacientes. Muchos defensores
se muestran en privado partidarios de que los médicos terminen con las vidas de pacientes lúcidos sin consultarles. Un abogado
que representa a la Sociedad Holandesa para la Eutanasia Voluntaria me puso como ejemplo un caso en que el doctor había terminado
la vida de una monja varios días antes de lo que hubiera sido su muerte natural porque tenía un dolor insoportable pero sus
convicciones religiosas no le permitían pedirle morir. Nada pudo argumentar cuando le pregunté por qué no se le permitió morir
del modo en que ella quería.
Incluso cuando los enfermos piden o consienten la eutanasia, en los casos que me fueron presentados en Holanda y en los
casos que he estudiado en este país, el suicidio asistido y la eutanasia fueron normalmente el resultado de una interacción
en la que las necesidades y el carácter de los familiares, de los amigos, y del doctor, jugaron un papel tan importante y
a menudo más importante que el del mismo paciente
En un estudio de la eutanasia practicado en los hospitales holandeses, los doctores y las enfermeras informaron de que
la mayor parte de las peticiones de eutanasia vienen de los familiares, más que de los mismos pacientes. El investigador concluía
que las familias, los doctores, y las enfermeras habían urgido a los pacientes para que pidieran la eutanasia.
Una revista médica holandesa recogía el ejemplo de una esposa que ya no quería cuidar más de su esposo enfermo; le había
dado a elegir entre eutanasia o ingreso en una residencia para enfermos crónicos. El hombre, temeroso de verse a merced de
extraños en un lugar nada familiar para él, escogió la muerte. El doctor, aun sabedor de esa coacción, terminó con la vida
de ese hombre.
El informe Remmelink reveló que más de la mitad de los médicos holandeses consideraba apropiado sacar el tema de la eutanasia
con sus pacientes. Casi todos los médicos defensores de la eutanasia con los que he hablado en Holanda entendían eso como
dar al paciente la posibilidad de considerar una opción que él o ella no se hubiera atrevido a sacar, más que como una forma
de coacción. No parecían darse cuenta de que el doctor les está diciendo al mismo tiempo que su vida no vale ya la pena, un
mensaje que puede tener un efecto poderoso en la visión de un paciente y en su decisión.
La experiencia holandesa ilustra el modo en que esta legalización promueve una cultura que transforma el suicidio en suicidio
asistido y eutanasia, y que anima a los pacientes y a los doctores a ver el suicidio asistido y la eutanasia --propuesto
como desgraciada necesidad para sólo casos excepcionales—en el modo más rutinario de tratar con la enfermedad grave
o terminal.
La presión por mejorar los cuidados paliativos aparece haberse evaporado en Holanda. La discusión de los cuidados de los
enfermos terminales está ahora dominada por el cómo y el cuándo extender el suicidio asistido y la eutanasia a grupos cada
vez más amplios de pacientes. Dadas las desigualdades en nuestro sistema sanitario y lo poco que aún cuidamos a nuestros enfermos
terminales, nuestros cuidados paliativos correrían el mismo camino en nuestro país. La eutanasia acabaría siendo nuestro
modo de ignorar las verdaderas necesidades de nuestros enfermos terminales.
La gente se hace la ilusión de que la legalización del suicidio asistido y la eutanasia le proporcionará mayor autonomía.
Pero si la experiencia holandesa enseña algo, es precisamente lo contrario. En la práctica es el doctor quien decide si se
ha de practicar la eutanasia. Él puede sugerirlo, puede no dar a los pacientes otras alternativas que son por otra parte obvias,
puede ignorar la ambivalencia de los pacientes, y puede incluso llevar a la muerte a quienes no se lo han pedido. La eutanasia
aumenta el poder y el control de los médicos, no el de los pacientes.
La gente supone que el doctor que anima o que da su apoyo a un suicidio asistido está haciendo un juicio tan objetivo como
puede ser el de un especialista de rayos X. No ven el papel decisivo en la decisión de la eutanasia de las necesidades y valores
del médico.
Casi cada pauta prevista por los holandeses para la regulación de la eutanasia ha sido modificada o violada con impunidad.
A pesar de todos sus esfuerzos, los holandeses sólo han sido capaces de conseguir que el 60 por ciento de sus doctores informe
de sus casos de eutanasia (y tiene razón el informe Remmelink al cuestionar si todos ellos han informado con fidelidad). Como
el hecho de seguir las pautas les libraría del riesgo de persecución legal , y como el cuarenta por ciento de los doctores
admite no haber informado de sus casos, y el 20 por ciento dice que bajo ninguna circunstancia piensan hacerlo, parece que
hay una base para suponer que esos doctores no siguen las pautas. Los casos que nos han sido presentados a mí y al Dr. Carlos
Gómez apoyan esta tesis. El Dr. Gómez y yo fuimos a Holanda en diferentes ocasiones y con perspectivas totolmente diferentes,
ya que él es un especialista en cuidados paliativos y yo soy un psiquiatra. Sin embargo, después de haber oído detalladamente
casos de eutanasia presentados por los médicos holandeses, ambos llegamos independientemente a la misma conclusión:
que no es posible legalizar la eutanasia y mantenerla bajo control mediante la prescripción de unas ciertas pautas a seguir.
Un sistema de vigilancia para proteger a los pacientes exigiría de alguien que pudiese ver toda la situación, incluyendo
a la familia, al paciente, al doctor, y, sobre todo, la interacción entre ellos antes de que se lleve a cabo el suicidio asistido
y la eutanasia. Esto conllevaría una intrusión en las relaciones entre paciente y doctor que la mayor parte de los pacientes
no consentiría, ni muchos de los doctores aceptarían.
Sin esa intrusión antes del hecho, no hay ley ni conjunto de pautas que puedan proteger a los pacientes. Después de que
la eutanasia ha sido realizada, como sólo los pacientes y los doctores pueden conocer los hechos reales del caso, y como sólo
el doctor está vivo para contarlos, cualquier comité legal médico o interdisciplinario, como en Holanda, sabrá del caso sólo
lo que el doctor quiera contarles.
La sanción legal crea una atmósfera de permisividad que parece fomentar que no se tomen las pautas con demasiada seriedad.
La idea de que los doctores americanos –que admiten violar leyes serias al ayudar ahora a suicidios— seguirían
entonces esas pautas si el suicidio asistido fuera aquí legalizado, no es algo que venga ilustrado por la experiencia holandesa;
ni es probable, habida cuenta del fracaso de los americanos que han practicado el suicidio en seguir las salvaguardas elementales
en los casos que han publicado.
Los pacientes que piden la eutanasia están pidiendo normalmente del modo más dramático posible que se dé un remedio a su
sufrimiento físico y mental. Cuando esa petición se hace a un médico que se preocupa de ellos, que es sensible y comprensivo,
que puede tratar ese temor, aliviar su sufrimiento, y asegurarles en que él o ella permanecerán a su lado hasta el final,
la mayor parte de esos pacientes no quiere ya morir, y están agradecidos por el tiempo que aún se les da de vida.
Los avances en nuestro conocimiento de los cuidados paliativos en los últimos veinte años nos hacen ver que preocuparse
por los enfermos terminales no es algo que requiera la legalización del suicidio asistido y de la eutanasia. Un estudio
ha demostrado que la mayor parte de los médicos saben menos sobre cuidados paliativos cuanto más a favor están de la legalización
del suicidio asistido y de la eutanasia. Nuestro reto es llevar ese conocimiento y esos cuidados a todos los enfermos terminales.
Nuestro éxito en el reto de procurar cuidados paliativos a los enfermos terminales supondrá mucho para la conservación
de nuestra humanidad social. Si no procuramos esos cuidados, la legalización del suicidio asistido y la eutanasia se convertirían
en la respuesta simplista a los problemas de los moribundos. Si la legalización acaba por triunfar, perderemos más vidas por
suicidio (aunque demos a esas muertes otro nombre) que las que pueda salvar la Fundación Americana del Suicidio y otras instituciones
que trabajan para la prevención del suicidio en nuestro país.
La tragedia que espera a los pacientes depresivos suicidas es comparable con la de los terminalmente enfermos, y esto especialmente
en el caso de los ancianos pobres. El suicidio asistido y la eutanasia llegarán a ser el modo rutinario de tratar a los enfermos
graves y terminales, justo como ha ocurrido en Holanda; quienes no tienen medios estarán bajo presión para aceptar la opción
de la eutanasia. En este proceso, los cuidados paliativos se verán recortados y no serán algo para todos.
Los defensores de la eutanasia han llegado a ver el suicidio como una cura de la enfermedad y como un modo de arrebatar
a la muerte su poder sobre la capacidad humana de controlar. Se han apartado de lo que podría haber sido un esfuerzo constructivo
para tratar la fase final de la vida. Nuestra política social ha de basarse en una preocupación mayor y más positiva por los
enfermos terminales. Debe reflejar una creciente determinación por aliviar el dolor físico, para descubrir la naturaleza de
nuestros temores, y para disminuir el sufrimiento reafirmando en la vida que ha sido vivida y que aún no ha acabado.
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Fuente: http://www.interrogantes.net/